martes, 19 de abril de 2011


Los Fontanales hoy.
Vistas desde los Fontanales.


Ahora que estoy llegando al ocaso de mi vida, sé que la infancia es la mejor etapa de nuestra existencia. Es la inocencia, la ilusión, el optimismo, no conocer la maldad, descubrir el mundo, con  sus olores, con sus colores y con toda esa amplia gama de sentimientos que sólo el ser humano es capaz de sentir. 
Todo es nuevo, la vida se abre paso ante ti de golpe; y a pesar del entorno en el que te ha tocado vivir, casi siempre muy a tu pesar, vas descubriendo que la vida es maravillosa, que tan sólo con la mirada de tu perro o el canto de los pajarillos te emocionas hasta el infinito. 
Después, con el paso de los años, te das cuenta que cuando eres un niño, el tiempo parece detenerse; los días te parecen meses y los meses años. Pienso que la naturaleza es sabia y lo hace para que tengamos más tiempo de disfrute de esa primera etapa de la vida en la que, tal vez lo mejor sea no haber conocido la falta de un ser querido y lo peor la certeza de saber que todos esos “viejos” a los que adoras se irán un día para siempre, y que ya nada será igual.

______________________________________________________________________

A mi Madre, a mi Padre y a todos los que ya no están.                                       ______________________________________________________________________                                                                                                                                         
Mis primeros recuerdos los veo envueltos en la bruma del tiempo. Son imágenes a veces borrosas que van desde que tenía un año hasta los cuatro o cinco, que es cuando empiezo a visionarlos con claridad.
       
Nací por casualidad en la industrial y marinera Huelva el 23 de abril de 1951. 
A los tres días de existencia mis padres me llevaron a vivir a un pequeño cortijo en mitad del campo allá en la Sierra de Aracena, concretamente en el término de Higuera de la Sierra. 
El cortijo se llamaba, y supongo que se seguirá llamando, Los Juntanales; y allí estuvimos hasta que cumplí los doce años. Allí fui despertando a la vida, descubriendo sentimientos y toda aquella maravillosa naturaleza que me rodeaba. Seguramente, y a pesar de las dificultades y la miseria de aquellos años cincuenta, esta fue la etapa más bonita de mi vida. Seguramente la peor, pero la más bonita. 

                                                                    
Aquella casa era vieja, pequeña y destartalada pero con un encanto especial, ese encanto que tienen las cosas antiguas. 
Tenía una gran habitación nada más entrar que hacía de recibidor, comedor, cocina y sala de estar, con una vieja chimenea que era la única calefacción durante los fríos días y las heladas y largas noches de invierno. 
De esta habitación se pasaba al único dormitorio, que estaba mas bajo y que tenía dos camas: una más grande para mis padres y otra pequeña para mí. Las dos las había hecho mi padre con madera de chopo y las pocas herramientas que tenía: un hacha, una sierra y una escofina. 
También había otra habitación grande a la que llamaban el pajar, ya que en ella se guardaba el heno y la paja para el ganado. Esta se usaba como “dormitorio” para los invitados. 
Adosada a la casa por la parte alta estaba la cuadra donde encerrábamos la burra y por la parte baja, estaban las majadas donde pernoctaban las vacas, las ovejas y los cerdos ibéricos; y al final el gallinero, con su ventana pequeña, por la que entraban y salían cada día las gallinas, pavos y patos.   
       
Por delante del gallinero estaba la “esterquera”, una hondonada en la que se echaba todo el estiércol procedente de los animales para abonar después el huerto, que estaba más abajo. 
Entre el huerto y la casa, había un manantial con un gran caño de agua cristalina, fresca en verano y templada en invierno. Dicho caño llenaba directamente una enorme alberca que servía para regar el huerto y cuyo sobrante iba a tres piletas, dos grandes y una pequeña, que servían para dar de beber al ganado; también una de ellas era donde lavaba mi madre la ropa, a mano por supuesto, ya que no se conocía la lavadora y de nada hubiera servido, pues no había electricidad mas que en el pueblo, que estaba a cinco kilómetros. 
A los jóvenes les costará creerlo pero vivíamos todos sin corriente eléctrica, con lo que eso significa: sin luz por la noche, sin frigorífico ni radio ni tele ni nada de nada; para alumbrarnos de noche usábamos un candil de aceite que apenas daba luz para vernos. 
Recuerdo que cuando tenía ocho años, llegó una cosa revolucionaria que se llamaba foco y que funcionaba con piedras de carburo y agua que formaban un gas y que, al prenderlo, iluminaba el triple que el candil. 
Por supuesto, tampoco teníamos agua corriente ni cuarto de baño; el lavabo y la ducha eran un barreño y el retrete era el ancho campo, con lo cual el problema era el día que amanecía lloviendo o nevando. 

El dueño de aquel cortijo, y de dos o tres más, se llamaba Manuel Pérez Tejada pero todos le decían “el Mosca”, ya que por allí, casi todos tenían un apodo o “mote”.  Si tenemos en cuenta que estábamos en la posguerra y que no había de nada, aquel hombre, aunque tacaño al máximo, era una buena persona, incapaz de hacerle daño a nadie, sin la prepotencia ni el despotismo típico de los que habían ganado la guerra: los  “Señoritos” como ellos mismos se hacían llamar. Él no; solo le gustaba que le llamaran por su nombre: Manuel. 
Su señora se llamaba Ifigenia y tenían tres hijos: Sara, Cele y Casiano, si no recuerdo mal. De todos ellos guardo un grato recuerdo, pues se portaron bien conmigo. Manuel siempre me aconsejó que estudiara, que no fuera un destripaterrones pero la realidad, es que ni él ni nadie, hizo nada por llevarme a una escuela hasta los doce años, ya en la ciudad; pero esa será otra historia.

Aquella casa estaba orientada al este y construida en la ladera norte de la sierra de Santa Bárbara, que estaba coronada por una ermita en ruinas consagrada a dicha santa (Contaban los mas viejos del lugar una leyenda, según la cual, cada vez que se ponían manos a la obra para terminar la ermita, caía un rayo que destrozaba todo lo que habían hecho).   
                                                                             
Al estar en la parte norte de la montaña, en umbría se decía allí, y a tanta altitud, los inviernos eran extremadamente fríos y duros de pasar, con temperaturas varios grados bajo cero y con heladas negras que duraban todo el día. 
Recuerdo que pasaba un riachuelo por delante de la casa, seco en verano y por el que corría el agua limpia desde el otoño hasta bien entrada la primavera; le habían hecho calzadas de piedra para que el agua no ahondara y al saltar por ellas el agua formaba pequeñas cataratas que, durante el invierno, se helaban totalmente, formando preciosas estalactitas y estalagmitas de un hielo limpio y transparente que duraban de un día para otro, tal era el frío que hacía.  En aquel tiempo, todos los niños íbamos con pantalones cortos todo el año, tanto en invierno como en verano y recuerdo aquel espantoso frío, que se te metía en los huesos y no había manera de quitártelo ni pegándote al fuego de la chimenea.

La casa estaba situada entre una enorme extensión de terreno (más de cincuenta hectáreas calculo yo) poblado de olivos próximos a la casa, alcornoques, encinas, castaños y pinos, (estos últimos fueron cortados todos cuando yo contaba siete años), y una cerca por la parte de atrás, la mitad de la cual era de olivos y de pasto para el ganado, y la otra mitad era muy montañosa y de monte, por donde correteaban perdices, gatos monteses, jinetas y alguna que otra enorme serpiente, que más de un susto me dieron. 
A la parte derecha de la casa, partía una pared de piedra que, ascendiendo, separaba la cerca de la finca, propiamente dicha, hasta llegar a otra cerca, mucho más grande que la anterior, a la que llamaban La Solana y que era toda de olivos; precisamente en la parte baja de esa cerca, era donde brotaban varios manantiales cada otoño, que no se secaban hasta casi el verano y le daban el nombre a la finca: Los Fontanales, que por deformación lingüística, tan común en Andalucía, pasó a llamarse Los Juntanales. 

Por la parte izquierda de la casa, estaba la entrada a la cerca, la fuente y la alberca antes citadas y un gran huerto; luego venía la calleja que iba a La Umbría, y otra gran cerca, a la que llamaban la huerta y todavía quedaba otra cerca: El Castañar, donde se criaban los mejores espárragos trigueros que he comido en mi vida y en otoño hermosas “tanas” (Amanita Cesárea). Como su propio nombre indica, casi toda la cerca estaba sembrada de centenarios castaños, los cuales también daban sus ricos frutos al llegar el otoño, con el consiguiente regocijo de todos, pues eran tiempos muy duros y difíciles y al carecer casi de todo, un buen puñado de castañas asadas nos sabían a gloria y nos quitaban el hambre. (Los jóvenes de menos de cuarenta años no saben, y espero que nunca sepan, lo que es un país peor que tercermundista). Recuerdo que con diez años me mandaron montado en un caballo a casa del dueño de todo aquello, Manuel, que vivía en La Umbría, a llevar aceitunas. Estaban comiendo cuando llegué; y todavía me parece estar viendo a aquel hombre con una maza de pollo en la mano, dándole mordiscos y yo pensando: “Que rico debe estar el pollo” y era porque jamás había probado con diez años el pollo y no podía saber ni el gusto que tenía. Esa era la España de la posguerra. En un pueblo de mil trescientos habitantes como era Higuera, comían cuanto querían cincuenta personas, los ricos, los ganadores de la matanza entre hermanos, los que mandaban, mientras que el resto, mil doscientos cincuenta, se morían de hambre mientras obedecían y esperaban un trabajo de sol a sol, que no les daba ni para el pan. 

A veces me pregunto y me gustaría que se preguntara la gente de aquellos pueblos, que habría pasado si no hubiéramos podido emigrar como lo hicimos a Cataluña, Francia o Alemania tantas personas. A modo de ejemplo, la aldea de Carboneras pasó en menos de una década de tener más de quinientas personas a menos de cien y aun así, los que se quedaron lo pasaron mal.  
      
Dicen que el cerebro trata de borrar los recuerdos dolorosos, pero mis primeros recuerdos van unidos al dolor. Tenía yo poco más de un año cuando murió un primo hermano, Jerónimo, hijo de Elías, hermano de mi padre, con dieciocho años y de una cosa tan simple como es una apendicitis. El médico que le visitaba, no supo diagnosticar un dolor inguinal agudo y le mandó cataplasmas bien calientes, con lo cual consiguió que le reventara el apéndice y aquel hombre tan joven y sano, lo dejaron morir en pocos días. 

Tengo el recuerdo clarísimo del velatorio, en una habitación cuadrada, con el suelo de baldosas blancas y negras, dispuestas de forma arlequinada y sin muebles, solamente había sillas pegadas a las paredes y sentadas en ellas, muchas mujeres, todas vestidas de negro que rezaban y lloraban lastimosamente sin parar. 
Una de ellas era mi madre, que me tenía a mi en brazos y a pesar de mi corta edad, yo comprendía que algo muy malo estaba pasando; y con el corazón encogido, no entendía que hacía yo allí y la verdad es que todavía hoy, no lo he entendido. 
Supongo que los adultos tendemos a pensar que los niños no se enteran de nada de lo ocurre a su alrededor y nada más lejos de la realidad: Los niños son como una esponja, que lo absorbe todo y están siempre procesando todos los datos que reciben, sean visuales, auditivos, etc.

Recuerdo el inmenso dolor de mi pequeño corazón al ver aquella madre llorando y diciendo: ¡Que penita de mi hijo, que ya no lo podré ver más! Yo no podía entender lo que era la muerte, pero sí entendía que aquel muchacho que parecía dormido no despertaría nunca más.

Todo aquello me impresionó tanto, que lo tendré siempre gravado en mi cerebro y en mi alma. Olvidaba decir que todo esto ocurría en Carboneras, una pequeña aldea de Aracena de donde eran originarios mis padres y a donde muchos años más tarde me llevaría el destino y conocería a la madre de mis hijos, pero esa es otra historia.
        
Después de aquel episodio, volví a Carboneras casi todos los años; muy pocos días, pues mi madre tenía que limpiar y encalar una casa que teníamos alquilada y que jamás habitamos, ya que mis padres vivieron en Los Juntanales desde 1947 hasta 1963, año en el que emigramos a Barcelona; como consecuencia de ello, mi vida sufriría un cambio radical, que trataré de analizar al final.
        
Aquel cortijo en el que vivíamos siempre, estaba más o menos, a diecisiete kilómetros de Carboneras, y para desplazarnos de un lugar a otro teníamos una burra, que nos llevaba por callejas y caminos perdidos de la mano de Dios. 
Aquella burra estaba loca y cuando mas tranquilos íbamos montados en ella, empezaba a tirar las patas por alto y a correr, parándose en seco y, como es lógico, tirándonos al suelo de golpe, con el consiguiente batacazo; pero nosotros éramos tan tercos o más que la burra, y doloridos y sangrando, nos montábamos de nuevo en ella y proseguíamos el camino como si nada hubiera pasado.
     
La máquina del tiempo de mi memoria, me lleva a cuando tenía dos años de edad solamente. 
Mis padres me decían cuando vivían, que era imposible que yo pudiera recordar estas cosas que me ocurrieron con uno y dos años de edad, pero la verdad es que lo recuerdo todo con más nitidez que lo que me ocurrió hace una semana.
Era un caluroso día de verano, de esos que en Andalucía atontan hasta a los pájaros de cómo “pica” el Lorenzo; mi padre había arado hacía varios meses la cerca de detrás de la casa y estaba sin desterronar; estaba el hombre trabajando en los olivos y quiso llevarme con él. Mi madre le puso pegas pero al final la convenció y me llevó hasta donde estaba trabajando. Me puso a la sombra de un olivo y con los terrones que había, me hizo una “casita” para que jugara y me entretuviera. 
Yo comencé a levantar trozos de tierra, pues quería hacer lo mismo que mi padre, y cuando más feliz era sobrevino lo peor: noté de golpe un dolor intenso en el pié derecho y pude ver un repugnante alacrán (Escorpión) que todavía tenía clavada su uña en mi pié, inyectándome su mortífero veneno.
Como es natural, me puse a dar gritos de dolor, con lo cual supongo que mi padre se llevaría el gran susto; acudió corriendo y al ver lo que había, mató de inmediato al bicho, pero eso a mi me servía de poco, pues ya estaba sufriendo un dolor insoportable y unos calambres que me recorrían toda la pierna. Han pasado muchos años y con ellos me ha ocurrido de todo: tres operaciones, tres infartos de miocardio y fracturas de hueso; pero ningún dolor se puede comparar al que sentí con aquel maldito escorpión.
      
Mi madre acudió rápidamente al oír mis gritos y se llevó el mismo susto que mi padre; lo peor es que, con los nervios, no sabían que hacer. 
Siguiendo los consejos de un hombre muy mayor que estaba allí, Paco, me dieron a beber aceite, que es un contraveneno; pero los dolores seguían apretando y entonces se acordaron que en un cortijo que había más abajo, tenían un remedio “milagroso” y hasta allí me llevaron. El remedio era amoniaco y una piedra especial muy rara, que supongo que era un meteorito. Mi sorpresa, no de entonces sino de ahora, es que me frotaron la picadura con amoniaco y con la “piedra” y el dolor fue remitiendo poco a poco, hasta desaparecer unas horas después.
       
Saco dos lecturas de este hecho: La primera es que si los de mi generación seguimos vivos, es que existen los milagros, y la segunda es que con esta y otras cosas que me ocurrieron después y que contaré más adelante, he comprobado que la ciencia oficial no tiene explicaciones para todo, y que existe otra ciencia que, a veces, es tan eficaz o más que la oficial; es la ciencia que se transmitía de padres a hijos, generación tras generación, acumulando cada vez más conocimientos; es la que persigue y se mofa de ella la ciencia “oficial”, olvidándose que hace 2500 años, los celtas cocían la corteza del sauce en un recipiente y se lo bebían cuando tenían dolor. Eso ahora se conoce como Aspirina. Para mi, es una lastima que durante mi generación, se hallan perdido tantos “remedios caseros”  en aras de una industria farmacéutica química, que te mejora una cosa y te estropea tres. 
Un médico muy amigo mío en la mili me dijo: “desengáñate Agustín, las enfermedades se dividen en dos: las que no tienen cura y las que se curan solas” ¡Gran amigo y sabio médico!
        
Sea como fuere, lo cierto es que esa otra ciencia, la no oficial, se está perdiendo, si no se ha perdido ya un 80 por ciento, por desgracia para todos, pues a mi me ha salvado varias veces.
         
A modo de muestra, dejo aquí constancia de un remedio casero que funcionó conmigo cuando era pequeño y con mi hija igualmente, con el consiguiente asombro del pediatra. 
Cuando a un niño le entra Tos ferina, se le da de beber agua de siete fuentes distintas, una detrás de otra y sin parar. Al día siguiente, seguro que ya no tose y, por lo menos, contraindicaciones no tiene. No sé porqué  funciona, pero les aseguro que funciona.     
          
Enlazando con todo esto, viajamos en el tiempo hasta un frío mes de enero, en que yo tenía cinco años y estaba jugando con una pequeña azada, que era mi juguete preferido, si es que se puede considerar a una herramienta de trabajo un juguete. Pero claro, yo entonces no tenía nada de lo que hoy se conoce como juguete, y los niños de mi generación teníamos que tener mucha imaginación y construirnos nosotros mismos nuestros juguetes. Por ejemplo: con varias latas de conserva vacías y atando unas a otras, hacíamos un “tren” y yo, con un trozo de corcho, un palo y un poco de tela, me hice un barco que navegaba divinamente por la alberca y las piletas.                                                                                   
Y precisamente estaba jugando con mi azada en el borde de una pileta, cuando resbalé y caí de golpe dentro de aquella mini piscina de aguas congeladas. No sé como salí de allí, pero lo conseguí y totalmente empapado y aterido de frío, me dirigí hacia la casa, temblando por la impresión tan fuerte, el susto, el frío y también por el miedo a que mi madre me pegara, cosa que, por suerte, no ocurrió. Ella me secó, me cambió de ropa y naturalmente me echó una bronca.

Este episodio trajo muy malas consecuencias, como veremos ahora. Todos habíamos olvidado ya la caída a la pileta, cuando dos semanas después me desperté una mañana y no podía mover las piernas; mi madre me dio masajes y aquello se me pasó; pero a los pocos días, volvió y con más fuerza todavía. 
Me llevaron al médico a Aracena, y aquel "fenómeno de la ciencia", diagnosticó que tenía “tisis galopante” y que me moría sin solución alguna. Yo lo pasé mal, pero ahora sé que mis padres lo pasaron infinitamente peor y que hicieron todo lo humanamente posible por salvarme. 
Rápidamente me llevaron a Sevilla y me visitó en su casa el mejor pediatra que había entonces en la ciudad, decano de la Facultad de Medicina. Después de múltiples pruebas, algunas muy dolorosas, como extraerme una muestra de la médula espinal, analíticas y todo lo demás y cobrarles a mis padres un dineral que ni tenían, el diagnostico fue: “No tengo ni idea de lo que tiene el niño”.

A todo esto, yo estaba cada vez peor; ya no podía mover las piernas ni los brazos ni mi cabeza estaba clara. 
Cuando nos volvimos al pueblo, entré en una especie de coma y no recuerdo nada. 
Mis padres me contaron luego que estábamos en Aracena, en casa de mi tía Julia, hermana de mi padre, yo ni habría los ojos, y mi madre me tenía en brazos, llorando amargamente esperando el final, cuando de repente apareció una mujer muy mayor, que dirigiéndose a mi madre le dijo: Tu hijo se está muriendo y yo sé lo que tiene y puedo curarlo. 
Mi madre no salía de su asombro y aquella mujer, que era analfabeta, le explicó que yo me había llevado un gran susto, y como consecuencia de ello la sangre se me estaba coagulando y no podía circular y que ella, mediante unos masajes especiales en piernas y brazos, me haría fluir la sangre y me sanaría para siempre. 
Mi madre lloraba sin parar, pero esta vez era de alegría. 
Lo curioso es que cuando le dijo donde vivíamos, le contestó que no había ningún problema, que en Higuera había otra mujer que sabía hacerlo igual que ella y que me curaría lo mismo. Le dio el nombre y la dirección y allá nos fuimos.

Mi primer recuerdo es una casa muy pequeña y humilde en Higuera y una pareja de ancianos adorables, que me sonreían mientras ella me daba masajes en los brazos con una mezcla al cincuenta por ciento de aceite y alcohol. 
Rápidamente fui mejorando y antes de un mes estaba curado totalmente. 
Lo que los mejores médicos de Aracena y Sevilla no habían sabido diagnosticar, lo curó una anciana sin medicinas y sin saber leer ni escribir. 
Por supuesto que los médicos negaban y se reían de todo aquello, creyéndose en posesión absoluta de la verdad; desde entonces, me  da pánico las personas que se creen que su verdad es la única. Aquellos venerables ancianos no habían tenido hijos ni sobrinos, con lo cual aquel saber curar, aquella otra “ciencia” se perdió cuando ambos murieron.
             
Precisamente a eso me refería antes al quejarme de la desaparición de la “medicina” alternativa; pero claro, supongo que estamos en una sociedad en la que lo único que prima es el beneficio económico, y mientras un médico que receta calmantes, gana un sueldazo cada mes, aquellos humildes viejecitos que me curaron, no les cobraron nada a mis padres y no tenían ni para comer. Menos mal que entonces había caridad y solidaridad humanas y entre todos les ayudaron hasta que fallecieron.

Se me olvidaba decir el nombre “científico” en el lenguaje pueblerino del lugar, de la enfermedad que me diagnosticaron y me curaron, aquellas dulces, adorables y sabias abuelitas: “Escuajarao”.
Vaya desde aquí para ellas y para toda esa gente maravillosa que se dedica a hacer el bien, mi más eterno reconocimiento. Gracias.
                  
Hasta ahora, todo lo que he contado parece muy triste, pero es que la vida casi siempre te depara más cosas negativas que positivas y de la capacidad que tengamos cada uno de levantarnos y de aprender cada vez que la vida nos golpea duramente, va a depender nuestro éxito o nuestro fracaso. La vida, al fin y al cabo, no es más que una lucha contra las adversidades y los problemas.
              
Yo era la persona más feliz del mundo, jugando todo el día y sin preocupación alguna, pues no tenía ni que ir a la escuela. El colegio más cercano, estaba a cinco kilómetros y había que ir andando a través de campos donde era difícil encontrarse con alguien; por lo tanto, mis padres consideraron que era muy peligroso que yo fuera cada día solo, pues ellos no podían llevarme, y por entonces, aquellos montes estaban plagados de lobos hambrientos. De ahí, que yo no pisaría la escuela hasta los doce años, ya en Barcelona. Eso no quiere decir que no supiera nada, pues me encantaba leer y había aprendido prácticamente solo con siete años.
             
Recuerdo que vinieron a vernos mi tío Antonio, hermano de mi madre, y su novia de entonces, Loli, que era un ser maravilloso y siempre tenía un pequeño detalle para todos; aquella vez me trajo una cosa que marcaría mi vida: un cuadernillo de El Capitán Trueno. Yo no había visto nunca un tebeo, “ahora les llaman cómics”, y aquellos dibujos tan bien hechos, aquellos personajes y aquella historia con tanta acción, me gustaron tanto que lloré de rabia por no saber leer. Entonces me di cuenta lo necesario que era aprender a leer y escribir y me puse rápidamente manos a la obra. Le preguntaba a mi madre que decía aquí o allá, y ella me enseñó las letras y los sonidos que hacían al unirlas; lo demás fue pan comido y yo devoraba una y otra vez aquel tebeo hasta que me lo aprendí de memoria. 
Después mi madre me compraría cada semana uno y a mi se me hacían los días eternos, hasta que llegaba el sábado, que era cuando íbamos, montados en nuestra burra a Higuera a comprar la comida para toda la semana y, como no, mi Capitán Trueno. Por él aprendí a leer y eso ha sido y es lo que más me ha gustado a lo largo de toda mi vida: la lectura.
              
Hoy tengo infinidad de libros de todo tipo, pero tengo como una joya la colección completa de El Capitán Trueno, El Jabato y El Cosaco Verde y de vez en cuando, vuelvo a leer unos cuadernillos que me transportan con su melancolía a aquel mundo perdido de la infancia.

Quiero desde aquí, dar mi agradecimiento a Víctor Mora y a Ambrós, creadores de tanta magia, de tanta ilusión y de tantos recuerdos bonitos. Los creadores de El Capitán Trueno.
Ellos consiguieron que yo aprendiera a leer y gracias a eso, he  devorado cientos y cientos de libros a lo largo de mi vida, que me han hecho disfrutar, aprender, gozar, reír y, supongo que en pequeñas dosis, algo de cultura me habrán dado. Ellos han hecho de mí, un autentico autodidacta, ya que, por desgracia, no pude ir al colegio ni siquiera un año.
                  
Los días transcurrían monótonamente casi siempre; pero de vez cuando, se rompía la rutina por la llegada de mis tíos o de mis primos y eso para mí, era una gran fiesta. Siempre que venían mi primo Rafa, José o Antonia, era como si tuviera a mi lado lo que Dios no quiso darme: unos hermanos. El transcurrir de los años, ha hecho que ese sentimiento se consolidara y aumentara, tanto por mi parte como por parte de ellos, pero el destino ha querido que hoy solo me quede Antonia, lo que ha hecho que estemos aun más unidos si cave, pues la muerte nos ha quitado dos hermanos, tanto a ella como a mí.
                 
Recuerdo a Rafa cuando éramos pequeñitos, como jugábamos los dos en aquella casa y en sus alrededores. Teníamos la misma edad y supongo que por eso, yo tenía más afinidad con él, que con José, que era tres años mayor que nosotros, y eso cuando se tienen cuatro, seis o diez años, es mucha diferencia. Él ya tenía otros problemas, otros amigos y otras ideas; en cambio con Rafael, la sintonía era total. Es curioso como el destino, cuando fuimos mayores, hizo que estuviera muchos años al lado de José, y que recuperara esos años de la infancia. 
Sin lugar a dudas, ha sido una de las personas más bondadosas que he conocido a lo largo de toda mi vida y su pérdida no he podido superarla todavía, lo mismo que la de Rafa.

La verdad es que yo, al ser hijo único y criarme solo y mimado, cuando venían mis primos, no era todo lo sociable y cariñoso que debería haber sido con ellos, cosa que me pesa, pero es que todavía hoy tengo el carácter un tanto huraño y me cuesta demostrarle el cariño a las personas que quiero con toda mi alma. 
                   
También recuerdo a Antonia cuando me pedía mis tebeos del Capitán Trueno para leerlos y yo no se los dejaba, pues para mí eran como un tesoro y creía que me los iba a estropear. Yo era un poco egoísta. Supongo que todos los que hemos sido hijos únicos, se nota en nuestro carácter y nos ha marcado para siempre.
                    
Tengo que contar que en aquel cortijo, había muchas gallinas, pero ponían los huevos en el gallinero y este lo tenía bien cerrado con un candado Manuel, el dueño, que venía cada tarde con su llave, abría la puerta y recogía todos los que habían puesto las gallinas durante el día y la noche. Y nosotros, estando rodeados de gallinas, no probábamos ni un huevo. Pero dice el refrán que el hambre agudiza el ingenio, y es cierto. Como Antonia estaba muy delgada y fina, mis padres la metían por el pequeño agujero habilitado para que las gallinas entraran y salieran y, una vez dentro, cogía cuatro huevos y salía de allí, no sin esfuerzo, pues el agujero era realmente estrecho; y así aquella noche, ya teníamos solucionado el problema de la cena: un huevo frito para cada uno y mojar mucho pan en el aceite. Solo el que ha carecido de cosas tan básicas, sabe el placer que supone comerse un “manjar” tan exquisito de vez en cuando.
                     
Cuando estaba solo con mis padres, que era casi siempre, me pasaba horas y horas observando las gallinas y espiándolas, ya que algunas hacen como un nido en lo más espeso del monte, donde nadie las ve, y allí ponen sus huevos escondidos de los depredadores para poder sacar a sus pollitos. Y esa es la dificultad, si la gallina ve un humano, que es su mayor depredador, jamás irá a hacer la puesta, por lo tanto, yo tenía que ver a la gallina pero ella a mí, no. Pero ¿Cómo se sabe qué gallina entre tantas es la que tiene un nido? Muy sencillo: por la forma de cloquear (cantar) que tienen cuando van a hacer la puesta.
              
De vez en cuando, había suerte y encontrábamos un nido con algunos huevos; era como una pequeña fiesta, pues teníamos asegurada una gran tortilla y eso solo ocurría muy de tarde en tarde.
               
¿Qué cual era nuestra dieta habitual? Sobre todo mucho pan, que es el alimento más completo que existe; por las mañanas, tostadas con aceite o con manteca y “café” con leche (El café era cebada tostada y molida), al mediodía casi siempre un guiso, normalmente el consabido cocido de garbanzos con patatas, un poco de tocino y poco más, otros días guiso de arroz, de nuevo con patatas o tomates fritos; también era habitual, el potaje de judías, las migas, el picadillo y el gazpacho, todo ello con mucho pan. Por la noche, lo normal eran dos tostadas con aceite y lo que hubiera. Ahora me río cuando la gente no come pan porque engorda; nosotros comíamos todo el pan del mundo y no había ni un solo gordo.
                  
La carne que comíamos era la que cazaba mi padre o bien con la escopeta que tenía, o poniendo unos lazos corredizos en los caños de las paredes, que era por donde pasaban liebres y conejos. Algunos años, si todo había ido bien, le comprábamos a Manuel un cerdo y hacíamos la matanza, con lo cual teníamos chorizos, morcillas y tocino que tenían que durar todo el año, así que mi madre me daba un trozo pequeño de chorizo y una rebanada enorme de pan, “para que no hiciera daño”. Ella la pobre comía menos que yo, porque lo reservaba para mí y para mi padre, que tenía que trabajar muy duro.
Los jamones y paletas, había que venderlos, pues con ellos casi se pagaba el cerdo y nos quedaba todo lo demás. O sea; estábamos siempre con un montón de cerdos ibéricos y sin embargo no sabíamos que sabor tenían sus jamones
                   
El pescado que comíamos era un kilo de sardinas que compraba mi madre los sábados en Higuera y alguna lata de caballa muy de tarde en tarde; también a veces traía arenques o, como se les llamaba entonces: sardinas embarricadas.
                     
De postre siempre la fruta de temporada y cuando no había, unas nueces o bellotas. El presupuesto no daba para comprar fruta y solo podíamos comer la que daban los frutales que había en el cortijo; y éramos unos afortunados, porque la mayoría de la gente, no tenía ni una triste manzana que llevarse a la boca, mientras que nosotros teníamos manzanos, perales, melocotoneros, cerezos, naranjos, nogales y muchísimas higueras, con lo cual no nos faltaba fruta en su tiempo.
                  
Tampoco nos faltaban todos los productos del huerto: tomates, pepinos, judías, pimientos, ajos, cebollas y por supuesto patatas, que teníamos todo el año. Eso quería decir que hambre nosotros no pasábamos, pero ganas de muchas cosas, que hoy en día son normales y necesarias, sí que pasábamos. Como ejemplo recuerdo que entonces los plátanos eran prácticamente la única fruta que vendían en las tiendas, y venían las enormes piñas enteras que colgaban del techo con todos los plátanos mirando hacia abajo; como la gente no tenía un duro, no se podían comprar y cuando se maduraban en exceso, antes que tirarlos, los vendían más baratos. Cuando mi madre estaba comprando en la tienda, yo me quedaba mirando aquellos dulces y ricos plátanos y pensaba para mi cuantos me podría comer, si estuvieran a mi alcance. La tendera se daba cuenta y por una peseta me vendía uno, convenciendo a mi madre, que sacaba la peseta de donde podía. Aquello era gloria bendita y lo paladeaba y me relamía y me sabía a poco. Y eso que estaban ya pasados y pochos.
                  
Han pasado cincuenta años y todavía me gustan los plátanos pasados de maduros y mis hijos no entienden como me puedo comer “eso” y a mi me vienen a la mente aquellos recuerdos de la infancia, me callo y doy gracias a Dios porque hoy día todos tenemos los plátanos que queremos y los tiramos a la basura en cuanto empiezan a ponerse blandos.
                    
Quizás lo mejor de mi generación sea eso: que sabemos apreciar lo que tenemos y valorarlo bien, porque antes no lo tuvimos. En cambio los jóvenes de ahora están sufriendo el proceso inverso: de tenerlo todo de niños, están viendo como es imposible el acceso a la vivienda, por ejemplo, o la inseguridad laboral que padecen, que les impide hacer planes de futuro, con lo cual sólo pueden vivir el día a día, sin poder planificar el mañana y eso no es bueno para nadie. 
Esta es una generación que habiendo nacido libres en un país históricamente de pocas libertades, y gozando de una democracia de treinta años, que es el sistema político menos malo que existe, ha visto como a pesar de tener unos sindicatos que dicen defender al obrero y unos gobiernos “progresistas”, hemos ido retrocediendo poco a poco y a la clase obrera, ya no le queda ni el nombre. Ahora somos productores y la única seguridad que nos queda es la inseguridad.
                   
Eso si, nuestros representantes políticos, aquellos que soñábamos en nuestra juventud que algún día llegarían al gobierno, ya llegaron hace años, se aferraron al poder y se olvidaron de nosotros, bueno, se acuerdan cada cuatro años pero al día siguiente de las elecciones, vuelven a juntarse con ese cinco por ciento que tiene el dinero y el poder y que es realmente quien manda. Ellos sí que han progresado, han pasado de la alpargata a la visa oro, de la clandestinidad al coche oficial con chófer y de calentarnos la cabeza en las fábricas a controlar el Ibex 35 ; debe ser por eso que se llaman a si mismos progresistas. Yo creo que han hecho un camino muy corto y demasiado rápido desde el marxismo al capitalismo liberal. Pero volvamos de nuevo a mis recuerdos.
                    
Si algo me viene siempre a mi memoria, son los animales con los que convivíamos. Yo adoraba a los gatos y ellos lo notaban y me correspondían con su cariño en justa reciprocidad. 
De la primera gata que tengo recuerdos es de la Chini; era preciosa, blanca y negra, siempre muy limpia y muy presumida con sus andares lánguidos y cadenciosos, pero lo que más destacaba en ella era lo cariñosa, mansa y apacible de su carácter, siempre dispuesta a que la cogieran en brazos, la acariciaran y empezaba a ronronear contenta y agradecida. Tuvo una hija toda negra que era todavía más cariñosa que ella; le puse de nombre Morita y fue mi compañera de juegos hasta que murió. 
Allí donde yo iba, siempre me seguía contenta y retozando y por la noche siempre se ponía en los pies de mi cama durmiendo plácidamente hasta la mañana siguiente, que me despertaba lamiéndome la cara y haciéndome arrumacos. La verdad es que el cariño  era enorme y mutuo.
                       
En esta vida todo lo bueno dura poco y aquella relación tan hermosa terminó antes de un año; un mal día la gata enfermó y murió rápidamente, con el consiguiente disgusto para todos, pero sobre todo para mi y para mi madre por partida doble: aparte de perder un animal tan noble y cariñoso, no sabíamos realmente de que había muerto y mi madre empezó a sospechar que podría haber sido la rabia, con lo cual yo tenía muchas probabilidades de estar infectado. Rápidamente me llevó al médico y este la tranquilizó un poco diciéndonos  que era muy rara la rabia en los gatos pero que había que esperar la cuarentena y que al menor síntoma acudiéramos a él rápidamente. Ni que decir tiene que pasamos un mes y medio con el corazón encogido, pero por suerte, no ocurrió nada malo.
                        
Lo más curioso de la Chini fue que la dejó preñada un gato salvaje, un gato montés; tuvo un parto muy malo y todos nacieron muertos menos uno que logró sobrevivir y lo criamos entre la madre y nosotros, haciéndose un gato enorme y muy peculiar. Le puse de nombre Tacones y era exactamente como su padre: un gato montés. 
Tenía una enorme cabeza, con largos pelos en la punta de las orejas, unos ojos que te atravesaban con su mirada salvaje y un cuerpo corto y fuerte que terminaba en una cola gruesa y corta. El color era el mismo de los linces y gatos monteses, con las típicas rayas transversales más oscuras.
         
Aquel gato fue como un reto para mí; desde pequeñito intenté amansarlo y que su comportamiento fuera como el de un gato normal, pero sólo lo conseguí en parte, ya que la mitad de sus genes eran salvajes y fue de todo punto imposible hacer de él un gato manso.                                                   
Jamás se dejó coger ni acariciar por nadie, poniéndose en guardia siempre que alguien se acercaba a él, con los pelos de punta, inflado como un globo y enseñando los dientes y rugiendo en actitud amenazante. 
Yo era la única persona a la que permitía pasar la mano por su cabeza, y solamente cuando estaba comiendo.                                                                                                                                           Recuerdo varias anécdotas de aquel gato; por ejemplo cuando mi madre compró unas muelles nuevas (tenazas para la candela) que le costaron un dineral. Y a mi se me ocurrió la “brillante” idea de atarlas con una cuerda y hacer un lazo corredizo en el otro extremo de la misma y cuando Tacones estaba tan tranquilo comiendo, se lo pasé por la cabeza, quedando atado por el cuello. 
Cuando el gato se dio cuenta de la situación, más que un gato parecía un tigre furioso, dando saltos increíbles a la vez que de su garganta salían toda clase de sonidos que me helaron la sangre en las venas. Salió corriendo y nosotros detrás de él, se subió a un olivo y le colgaban las muelles; al intentar cortar la cuerda, el gato se meó y se cagó de miedo pero claro, al estar debajo nosotros, nos cayó todo encima. 
Recuerdo a mi madre diciéndome “como me pierda el gato las muelles, te mato a palos” y yo lleno de mierda y sin saber que hacer. 
De pronto el gato se soltó de la rama del árbol y salió corriendo de nuevo arrastrando las muelles tras de él. Tuvimos la suerte de que al llegar a la esterquera, las muelles se engancharon entre dos enormes piedras y por fin mi madre pudo cortar la cuerda y quedarse con las muelles en su poder. Yo, cuando vi el asunto solucionado, salí corriendo y no volví hasta que a mi madre se le pasó el enfado y  vi que se reía de la aventura que habíamos pasado; por supuesto ya no me pegó. 
Aquel gato, Tacones, y la perra Pirula, fueron los animales que tuvimos que dejar en el cortijo, con todo el dolor de mi corazón, cuando partimos hacia Barcelona.
         
Solamente tengo el recuerdo de dos perros y los dos eran hembras: una se llamaba Chelo y la otra Pirula, como ya he dicho anteriormente. 
La Chelo era más cariñosa, más mansa y noble que la Pirula, pero tuvo la mala suerte que le salió un tumor maligno y tuvimos que sacrificarla. Se puso muy enferma, no comía ni podía moverse y mi padre, como la perra era tan buena, era incapaz de matarla. 
Un día, viendo como sufría el pobre animal, le dijo a un hombre que trabajaba allí: “Toma mi escopeta y llévate a la perra donde yo no la vea y mátala”. Jamás olvidaré la reacción de la perra al oír a mi padre: Arrastrándose  como pudo se fue a los pies de mi padre a la vez que gemía y lloraba lastimosamente; había entendido perfectamente sus palabras y le suplicaba por su vida mirándole a los ojos lastimosamente. Aquello fue tan doloroso, que los tres, mis padres y yo, nos pusimos a llorar desconsoladamente, mientras que aquel hombre cumplía con la triste misión que le habían encomendado. Han pasado cincuenta años y cada vez que lo recuerdo, se me pone un nudo en la garganta y me embarga una profunda tristeza. 
La recuerdo tal como era, pequeña, con las patas cortas y los pelos largos y rizados color canela. Entonces por allí ni se conocían los perros de raza, eran todos chuchos, pero la Chelo era muy parecida a un Cocker.                                                                                                     
La Pirula era también muy buena, pero no tan cariñosa ni inteligente como la Chelo. Era más grande, con las patas largas, delgada y de color atigrado; era muy parecida a los galgos, incluso para la caza. 
El último recuerdo que tengo de ella fue cuando salimos definitivamente del cortijo camino de Barcelona cargados con nuestras dos maletas, dentro de las cuales iba todo lo que teníamos, que era poquísimo. 
La pobre perra nos seguía por el camino, mis padres le regañaban para que se volviera pero ella no obedecía y seguía tras nosotros triste y cabizbaja; sabía que ya no volvería a vernos y cuando casi un kilómetro después se paró, nos miró tristemente y se dio media vuelta, volviendo a la casa con el rabo entre las patas, yo rompí a llorar; eran muchos los buenos  ratos pasados junto a aquel noble animal.
           
Unos años antes, aquella perra tuvo cachorros y yo le crié uno precioso: era como su madre pero con los colores distintos; era todo blanco con manchas negras. Le puse de nombre Babalí, y se lo dimos todavía de cachorro a mi tía Salud y mi tío Julio, que lo cuidaron con todo el cariño del mundo.  
Cada vez que venían mis tíos a vernos desde Corterrangel, el perro se adelantaba y llegaba mucho antes, dándonos una gran alegría al verlo, ya que detrás de Babalí sabíamos que llegaban ellos y para mí eran como unos segundos padres. 
Mi tía Salud siempre me traía algo de lo poco que había entonces: galletas maría o caramelos. Me quería como a un hijo, ya que ella no pudo tenerlos y yo a ella también la quería con toda mi alma. Murió hace años, pero siempre la llevaré en mi corazón.                                                                                                                                
Mis tíos pasaban muchas temporadas con nosotros, pues el trabajo escaseaba y el dueño del cortijo, Manuel, les daba faenas de temporada y destajos, como limpiar de matas la finca o recoger las aceitunas. Ellos ganaban algo de dinero y se encontraban tan a gusto con nosotros y, por supuesto, nosotros igual con ellos. 
Estábamos casi siempre solos, así que cuando venían mis tíos, yo me lo pasaba muy bien, pues siempre me enseñaban algo nuevo y nos reíamos mucho con las anécdotas que nos ocurrían frecuentemente.                                                                                                                                                
Mis padres: Mis padres eran dos seres maravillosos, de los que no puedo tener más que buenos recuerdos. Se desvivieron por mi hasta su último día de vida, se quitaban literalmente el pan de su boca para dármelo a mí, y yo, siendo hijo único, era su máxima razón para luchar con uñas y dientes en aquellos años tan difíciles para todos, aquellos años en los que comer cada día era una odisea para una familia trabajadora. 
A mí nunca me faltó un plato de comida, ni un trozo de pan cuando tenía hambre; siempre fui con zapatos, cuando muchísimos niños iban descalzos y siempre tuve mi ropa buena para lo que había entonces, ropa eternamente limpia igual que yo, que siempre iba lavado y peinado, cuando la mayoría de niños iban harapientos y con la cabeza rapada y, aun así, muchos con piojos continuamente; yo jamás tuve un piojo en mi cabeza ni me la raparon y todo ello gracias al aseo a que me sometía mi madre continuamente, lavándome varias veces al día con jabón casero y restregándome con una esponja también casera. Recuerdo que el jabón lo hacía mi madre con el tocino que se ponía rancio y sosa cáustica; aquello lo iba derritiendo poco a poco en un caldero grande con agua, puesto al fuego y sin parar de removerlo. 
Cuando se deshacía todo, aquello se convertía en una pasta que al enfriarse se cuajaba y se hacía jabón; luego se cortaba en trozos cuadrados y ya estaban listas las pastillas de jabón para lavar la ropa, fregar los platos y, como no, mi cabeza y todo mi cuerpo. Siempre recordaré aquel olor de jabón tan especial, que en cierto modo se parecía al que hoy llamamos Marsella. 
La esponja ya he dicho antes que también era casera. Mi padre sembraba unas plantas, que no recuerdo su nombre, y que daban unos frutos parecidos a pepinos pero no eran comestibles; se pelaban, se secaban y quedaba al final solamente la fibra, que era lo que se convertía en una esponja y con lo que mi madre me frotaba para dejarme bien limpio. 
El recuerdo de estas esponjas ya no es tan agradable, pues aquello rascaba tanto que hacía bastante daño.  
             
Mi madre, Francisca, era un ser maravilloso como ya he dicho antes. 
Había nacido en Almadén de la Plata, Sevilla. Hija de José, nacido en Aracena y de María, natural de Arroyomolinos de León. Nunca pudo ir a la escuela, porque sus padres, mis abuelos, siempre estaban trabajando en el campo muy lejos de cualquier colegio. Pues bien, sin pisar una escuela jamás, ella había aprendido sola a leer y a escribir y, comparándola con la gente de su entorno, había adquirido una cierta cultura. 
Era la persona más buena que he conocido. Y no solamente conmigo o con mi padre, que hubiera sido lo  normal, sino que era buena, amable y dispuesta a ayudar siempre a cualquier persona que lo necesitara. 
Teniendo en cuenta que aquellos miserables años, que no teníamos prácticamente de nada, no había nadie que se pasara por el cortijo y que mi madre no le hiciera como mínimo un café, empezando por la Guardia Civil, que pasaban frecuentemente haciendo la ronda, y terminando por cualquier persona que fuera de paso. 
Ella siempre estaba al tanto de las necesidades de los demás y en lo que podía, siempre ayudaba a todo el mundo. Decía que al generoso nunca le falta para dar y al miserable nunca le faltará miseria. 
Todos lo pasábamos mal, hasta la Guardia Civil, y siempre se iban cargados con algo para sus casas, ya fueran patatas, tomates etc. 
El campo, trabajando duro en él, siempre da sus frutos; y mi padre y mi madre trabajaban muy duro. No tenían vacaciones, ni sábados, ni domingos, ni días de fiesta de ningún tipo; para ellos todos los días del año eran iguales: laborables. Tampoco tenían horario alguno; se trabajaba desde la salida del sol hasta que este se ponía y a veces incluso de noche había que hacer algo, sobre todo a los animales. Y todo esto por trescientas pesetas a la semana o lo que es lo mismo: poco más de siete euros al mes. 
En ese dinero estaban incluidos el sueldo de mi padre, el de mi madre y hasta lo poco que yo hacía y eso era después de varias subidas ya en el año 1963, que fue cuando nos vinimos a Barcelona, donde los comienzos tampoco fueron fáciles.
         
A mí madre todo el mundo la quería y la apreciaba, empezando por los que trabajaban en el cortijo y terminando por la gente de La Umbría y sobre todo de La Higuera. Su carácter era afable, bondadoso y alegre, con lo cual se ganaba el respeto y el cariño de todos. Recuerdo como la quería África y su marido, dos adorables ancianos que tenían una pequeñísima tienda que a duras penas les daba para comer y sin embargo a mi siempre me daban algo, caramelos, galletas, con lo cual se les iba el beneficio de lo poco que había comprado mi madre; pero era tal el cariño que sentían por nosotros que no les importaba. Personas así van quedando muy pocas, por desgracia.
          
También le compraba cosas a Gerardo, otra tienda que había mas arriba y que tenía de todo; bueno, de todo lo que había entonces en las tiendas, que era muy poco. 
Su mujer era una gran persona, que nos apreciaba y tenía algún detalle a escondidas conmigo. En esa tienda era donde tenían colgada siempre una gran piña de plátanos, los cuales me quedaba yo mirando como quien mira un imposible.
           
Cuando íbamos cada sábado a comprar al pueblo con nuestra burra, esa que ya comenté antes que estaba loca, siempre íbamos mi madre y yo, y el recuerdo que tengo es que todo el mundo nos saludaba y se ponía contento al ver a mi madre; era rara la persona que no la saludaba. Pero de todas las personas que nos querían, sobresalía una familia, la cual era  conocida como “Los Huecos”. Josefa, Pablo y todos sus hijos, Pepa, María y sobre todo mi amigo de la infancia: Manolo. A todos ellos los quiero como a mi familia y también tengo la desgracia de haber perdido a Manolo por la misma asquerosa enfermedad por la que perdí a mis primos José, Rafael y Lola. Que descansen todos en paz.
          
He dejado para el último a un personaje muy singular con el que podría escribir varios capítulos y hasta puede que un libro: Santiago “El Tortero”. De él tengo mil anécdotas, de las cuales contaré algunas más adelante, porque ahora estoy hablando  de mi madre.
           
Todas estas personas se portaron muy bien con nosotros, y nosotros con ellos, claro; mejor que la mayoría de veces se porta la familia. 
Josefa le daba su cama a mi madre cuando llegaba con una hemorragia, cosa que ocurrió varias veces, pues mi madre tenía un tumor en la matriz y cada dos por tres, le venía una hemorragia. 
Antes de quedarse embarazada de mí, ya tenía el tumor; por lo tanto, yo conviví con él nueve meses, nací bien, gracias a Dios y aquí estoy, con muchos años a la espalda; ya lo he dicho antes: si la gente de mi generación estamos vivos, es que existen los milagros.
          
Mi madre le tenía pánico a los médicos y a los hospitales, así que aguantó ocho o nueve años con el tumor y hasta que yo tenía siete años, no se operó; la cosa ya no podía esperar, pues estaba siempre con hemorragias y todo el mundo creía que estaba embarazada de lo hinchado que tenía el vientre. Solo ella sabrá lo que padeció con aquel cuerpo extraño dentro de su matriz tantos años. 
Para hacernos una idea, cuando la operaron, el tumor pesó cinco kilos y tuvieron que extirparle todo: la matriz y los ovarios. 
Ella tenía a la sazón cuarenta años y, por suerte, no fue un tumor maligno; se curó y estuvo relativamente bien hasta los sesenta y seis años, en los que murió de una cosa tan simple como es una operación de vesícula.
          
Es verdad que estaremos aquí hasta que Dios o el destino quieran y nos iremos por sorpresa cuando menos lo esperemos y de la cosa más tonta.
           
Han pasado casi treinta años desde su muerte y yo no he dejado de acordarme de ella ni un solo día de mi vida; dejó una huella tan grande en mí, que pase lo que pase, jamás se podrá borrar. Nunca habrá nadie que pueda quererme con la fuerza y la intensidad con que ella lo hizo. Ella solo vivía por y para su hijo, o sea, yo.
            
Lógicamente el recuerdo más triste y doloroso que tengo, es el de su muerte, pero a la vez también tengo un recuerdo de ese día, que me llena de orgullo y de gozo. 
Aparte de que fue un entierro multitudinario, como no he visto ninguno, una gran señora de la alta sociedad de Barcelona, que había sido su amiga, dijo llorando: “Ha muerto una gran señora”. 
Aquello me emocionó profundamente y me hizo reflexionar. 
La grandeza de una persona no está en los títulos nobiliarios, ni en los millones, ni en las carreras que pueda tener; la grandeza está en el corazón y en el comportamiento hacia los demás. Y mi madre, siendo una persona humilde, efectivamente, demostró a lo largo de su vida ser una gran señora. Y que lo reconociera aquel personaje tan importante, fue para mí la mejor lección que mi madre y la vida pudieron darme jamás.
             
Mi padre, Agustín, también era una buena persona. No tenía el carácter amable y sosegado de mi madre y además era bastante introvertido, con lo cual daba una imagen peor de lo que en realidad era. 
Había nacido en Carboneras, una aldea de Aracena, de la que también eran naturales sus padres, mis abuelos, Agustín y Manuela.
             
Supongo que en su carácter influiría mucho y para mal el hecho de que siempre tuvo úlcera de estómago y yo que también la tuve, sé lo que te agria el comportamiento ese dolor continuo. 
Antes de nacer yo, ya tenía la úlcera y se tuvo que operar de ella cuando yo contaba pocos meses de vida. 
Le sirvió de poco operarse y antes del año ya estaba de nuevo igual, sufriendo de fuertes dolores. Así estuvo aguantando como pudo hasta que los médicos le dijeron que había que operarse de nuevo, con lo cual a los trece años, tuvo que volver a entrar a quirófano. 
Esta vez estuvo a punto de morir, pero su fuerte resistencia física hizo que saliera adelante y que se recuperara. 
De poco le sirvió también esta segunda operación, pues antes del año, estaba otra vez con su dolorosa úlcera de estómago y con ella murió a la edad de setenta y cinco años. 

Ironías de la vida: a los dos años de morir mi padre, se descubrió que la úlcera de estómago la provoca una bacteria y hoy en día, con un simple fármaco, se mata esa bacteria y se acaba el problema. Si ese descubrimiento se hubiera producido treinta años antes, cuanto sufrimiento se habría ahorrado mi padre y con él todos los demás.  
               
Mi padre era una de las personas más trabajadoras que he conocido en toda mi vida. Era capaz de estar trabajando doce o catorce horas seguidas sin descanso y en faenas durísimas sin decir nada y sin notársele el cansancio en ningún momento. 
Hoy en día no quedan personas con esa fortaleza física para el trabajo y menos aún para trabajos manuales del campo, que son imposibles de realizar para cualquier persona de la ciudad, acostumbrados a labores mucho más livianas. El trabajo del campo es muy duro para cualquiera que esté acostumbrado a él desde muy jovencito; para una persona que no lo ha hecho nunca, es muy difícil aguantar más de una hora; sin embargo, mi padre aguantaba estoicamente doce y catorce  horas cada día durante los siete días de la semana, sin un solo día para descansar y nunca le oí decir que estaba cansado.  
                
Siempre recordaré a mi padre tal y como era, con ese semblante serio, casi de amargura dibujado en su rostro a causa del dolor, pero de sonrisa fácil; una sonrisa sincera que denotaba bondad, sencillez y ausencia total de maldad. 
Era de esas personas que sólo con mirarlas, te das cuenta que no te van a hacer nada malo. 
Supongo que fue a causa de mi madre, que por ser una persona tan excepcional, absorbió casi todo mi cariño y mi atención, que siempre miré a mi padre como en una segunda posición respecto a ella, cosa de la cual me arrepiento naturalmente y que traté de corregir cuando me hice adulto, sin saber aun hoy en día si lo logré o no. Pero es que mi madre tenía tanta personalidad y brillaba tanto, que a su lado ni mi padre ni yo ni nadie podíamos hacerle sombra. De ahí que mi padre siempre estuvo en un segundo plano respecto a ella, aceptándolo sin ningún problema, porque sabía que estaba casado con una gran mujer. 
Siempre he oído decir que detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer; no siempre los dichos y refranes son ciertos, pero en el caso de mis padres fue una gran verdad. Y, en cierto modo, para un hombre como mi padre, aceptar en aquellos años de pensamiento tan machista en la sociedad, el hecho de pasar a un segundo plano, tuvo que ser muy duro para él.
        
Siempre le llevaré en mi corazón pase lo que pase, como también llevaré la amargura de los años tan malos que vivió al final de su vida.  
Aparte de un cáncer de vejiga, del que se operó dos veces, estuvo varios años con oxígeno, pues tenía los pulmones secos de tanto fumar, y los últimos años de su vida estaba más tiempo en el hospital que en casa. 
La única satisfacción que me quedó fue que su muerte le vino de golpe, en mi casa, cuando mejor estaba y sin enterarse de nada pues le dio un infarto fulminante y murió con su cigarrillo en la mano, que para él era lo máximo en la vida. 
Para lo que le quedaba que sufrir todavía, fue lo mejor para él. 
        
Siempre duele mucho la falta de un padre, pero cuando lo ves sufriendo y padeciendo tanto y además sabes que no hay solución alguna y que cada día va a ir a peor, su muerte rápida y sin dolor es como una liberación, sobre todo para él y también para los que lo quieren. 
No estará bien decirlo, pero cuando se quiere mucho a una persona, nadie quiere verla sufrir tanto. Descansa la familia pero por encima de todo, descansa el enfermo. 
Ya he tenido esa experiencia con algunos familiares y no te queda la misma pena que cuando alguien fallece de golpe, sin que se lo espere ni él ni nadie; entonces queda la sorpresa, el dolor inmenso y no entender que es lo que ha pasado.                                                                                                                                                                            

No hay comentarios: